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Este soy Yo

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Cristian Jose Chavez
Metán, Salta, Argentina
Solo me gusta la buena lectura, escribir y estar tiempo en silencio (éxtasis de la contemplación)
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Algo de mi...

Nacido en la Ciudad de la Miel, bajo el signo de Virgo, en el Septiembre aún venturoso del año 1974. Hizo sus primeras armas en la música a comienzos delaño 1987, armas que luego abandonó para dedicarse a la locución y el periodismo. En el año 1989 conoce a Lucho Ponce, poeta y cantautor, con quien traba unlazo de amistad que perdura a través de los tiempos. Por esa ápoca comienza a esbozar sus primeros versos y de a poco se va introduciendo en le mundo de la literatura.Participó de varios encuentros de poetas y escritores, entre los que se pueden mencionar:
-1º, 2º, 3º Encuentro Nacional de la Poesía, en San José de Metán.
-6º, 7º, 8º, 9º, 10º Encuentro de Poetas y Escritores en el Jardín de Angélica.
-En el año 2007 formó parte de la Embajada Artística y Cultural José Navaja Paz, con la que viajó a Tarija (Bolivia). Oportunidad en la cual presentó la Plaqueta Don’t Let me Down, que sería la antesala del libro que también lleva ese nombre.
-Participó en la edición de Varias Plaquetas Colectivas.
-Participa activamente, desde el Taller de Gráfica Garabatos, en el diseño, diagramación e impresión de libros y plaquetas de los poetas metanenses y sus alrededores.
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Anticuario

Pitonisa

La noche se tropieza
con las gotas de tu risa.
Guardo el sabor de tus besos
y la espuma sonrojada de la última esperanza.
Ya no sueño
con amores tibios.
La madrugada
me asalta a contrapierna
acariciando el perfume
de tus dedos de mármol,
estrechando entre mis brazos tu ausencia.
Y tu sonrisa
es un puñal clavándose
en el dolor de mi alma.
La noche de tu pelo,
los tragos de veneno de tus ojos oscuros,
la profundidad de tu escote...
Si no muero lejos con las estrellas
me acercaré a tus labios,
sigiloso,
para robar la verdad
de tus escrituras antiguas.



Protervo sectario

En los tugurios abominables de la perdición y el desquicio,
tus ojos me clavan
arpones de ausencias,
negros destellos de lejanía.
Una telaraña de afrentas
se mece sobre mi cabeza.
Te ríes de mis manos.
El pasado
es una huella imborrable
plasmada en la vida de cemento,
plagada de besos furtivos y brazas en el pecho.
Te burlas de mis ganas.
Mis labios,
imploran otra vuelta de caricias.
Mis alas...
eructan su miserere de lengüetazos tristes
sobre tus pasos lentos.
El abismo es una recta infinita...
La frontera de los sensato
una línea pletórica de transgresión.
Espero que no regreses cuando puedas hacerlo...
Pero...
una palabra tuya bastará para sanarme...



A la Deriva

No me sorprenden las luces...
En el árbol de la plaza presiento a un ángel,
una gárgola...
Las parcas aracniformes
traman travesuras
escondidas en los rincones
desnudos de las entrañas
de las rosas secas.
disimulo mi estupidez
con un libro bajo el brazo...
A lo lejos,
barriletes elevan plegarias
a las nubes trashumantes.
El teléfono no suena y la vigilia se hace penosa carga de plomo.
El viento suave de este invierno ardoroso
deposita en mis pabellones
el frenetismo del insomnio
de gente que mata para comprar una ilusión color púrpura.
Mientras tanto...
el ángel me apunta con un garfio,
simula un padrenuestro
y cruza los dedos...



Resaca

Escupo salvajadas...
No me queda bien este papel...
Estoy perdiendo la partida (jugar a ser mejor es peligroso),
con tantos espantapájaros sembrados por ahí...
El sol saluda pudoroso a la entraña de la tierra.
A esta vida le falta actitud.
Me detuve a ver tus caderas,
a vigilar tus movimientos...
la esquina está plagda
de momias absurdas
y mortales restos indeseables
los domingos por la mañana.

Identidad

Jacinto
Lo conocí cuando el tren me escupió en el andén de una ciudad detenida en el tiempo, una ciudad que conservaba aún las reminiscencias de una ápoca pasada, con sus calles de ripio y el asfalto solo en el microcentro.
Una ciudad que aún conservaba la memoria de los días de su formación, con la vieja plaza y la iglesia centenaria, con las nuevas estructuras y nuevos edificios.
Siempre mezclando los viejos carros tirados por caballos o mulas, con la fuerza de los motores, o con el ruido de las motocicletas. Una ciudad en donde las calles no tienen veredas y la gente camina por la acera.
Eran días cercanos al otoño más triste que viví en mi existencia. Acababa de perder todo, y decidido a recomenzar me trasladé a un lugar incierto en busca de una vida incierta.
Como bien llegado no conseguí un lugar digno donde alojarme y los bancos de la estación son incómodos, decidí buscar mi sitio en lo que entonces era un zona marginal de la ciudad. Rodeada de pastizales, “La Tablada”, era un lugar casi inexpugnable para la policía. Habitaban en el lugar la más alta sociedad de los malvivientes: ladrones, fugitivos, ex presidiarios, prostitutas, proxenetas y los adictos a los placeres mundanos.
Muchos se preguntarán cómo hice para meterme en ese sitio, pero a veces la necesidad tapa los ojos y se vuelve hereje…
Con mis propias manos construí mi casa, maderas y chapas para el castillo de un digno conde de la pobreza.
A escasos metros de mi morada, sobre una pequeña elevación del terreno se encontraba el gran palacio del rey de la colina. Cartón, chapas, maderas, y “luz eléctrica”…
Nunca podría imaginar yo que en ese lugar viviera Jacinto, un personaje de esos de los que no se puede calcular la edad, puesto que son eternos y parecen no envejecer.
Mi primera noche en el lugar, Jacinto, merodeaba los alrededores de su palacio, yo montaba guardia inquieto, con un garrote en la mano, prometiendo por mis adentros descerebrar a cualquier vikingo o bárbaro que intentara tomar por asalto mi castillo.
En la inmensidad de la noche, sentí que unos ojos me apuñalaban por la espalda, gire a mi alrededor y descubrí, entre los tizones y las llamas serpenteantes de un brasero, un par de ojos que calculaban todos mis movimientos.
Serenos, esos ojos, parecían no parpadear, de pronto se frunció su entrecejo y su gran boca dibujó una sonrisa maliciosa. Vi como sus cabellos, que simulaban un puercoespín irritado, se levantaban de su acuclillayamiento, y avanzaba hasta mi posición.
En mi castillo se levantó el puente elevadizo y se cerraron los cerrojos, mientras yo me preparaba para la defensa.
Logré distinguir la figura de un hombre de estatura mediana, saco gris y pantalones negros, heredados no sé de quién, y unas botinetas negras con cordones de distintos colores.
Me sudaban las manos y el sueño me ganaba la partida. La plaza estaba sitiada y el hereje golpeaba con fuerza el portón pidiendo audiencia.
Yo me dirigí al punto más vulnerable de mi fortaleza para no ser sorprendido por la retaguardia.
Eran ya como las once de la noche cuando desperté sobresaltado por los gritos de una mujer:
-Jaciiinto!!! dejá de joder a los vecinos, ¡¡¡chango!!! vení pa’cá que tenís que levantarte tempranito pa’ i’ a buscar la leche!!! ¡¡¡Salga di hay li’ dicho!!!
En silencio observé como el sitiador se esfumaba por entre las sombras de la noche.
Al despertar me encontraba todo adolorido, puesto que dormí en actitud de guardia y el frío que se colaba por las rendijas de mi casa acabó por entumecerme los músculos.
Al salir, unos ojos saltones, con amplia sonrisa sin dientes y más arrugas que una pasa de uva, me deseaba los buenos días, que hacía ya tanto tiempo que no escuchaba.
-Disculpeló al chango –me dijo- el pobre me salió opa, y como usté e’ nuevo acá, capá que quería conocerlo, pero no e’ malo… ¡hay¡ mijito, e’ todo lo que tengo en la vida…
Y sus ojos se perdieron en la nostalgia. Yo encendí fuego y me puse a organizar mis pocos enceres mientras se calentaba el agua para tomar unos mates.
En ese momento, al mover una caja de madera, que oficiaba de baúl de viajey taburete de descanso, mi castillo se derrumbó, para el colmo mi sitiador nocturno había vuelvo con un tarro con leche y se sentó frente a los escombros de mi fortaleza a reírse a las carcajadas.
Entre avergonzado, malhumorado y desesperanzado logré levantar mi morada nuevamente, esta vez con la promesa de que no se caería al primer soplido. Al culminar mi tarea, el bufón de la corte se acercó con un jarro con leche caliente y me lo ofreció:
-Tome don, esto le manda mi mama
Yo tome el jarrito enlozado y en ese momento desde lo más profundo de mi ser nacieron las más duras palabrotas imaginadas, mientras mi interlocutor se descostillaba de risa sacudiendo sus dedos y tapándose la boca para simular sus carcajadas. Miré mi mano izquierda y una ampolla roja comenzaba a asomar su nariz en cuatro de mis dedos.
-Mama!!! el chango se ha quemau la mano!!! –gritó
-Decile que se lo pase por el pelo así le pasa el ardor! –respondió la vieja desde el lugar donde se encontraba.
-Pasate la mano por el pelo –dijo él- te pretaría mi pelo pero te va’ a pinchar la mano –agregó, y se largo una tosca carcajada, a la que ya no pude resistir y me uní al él en esa risa sin sentido.
Con el tiempo se me fue el recelo por este personaje y por los habitantes del lugar, que a pesar de su forma de vida, no son malos, excepto unos cuantos. Comprendí que muchas de esas personas se encontraban en situaciones muy difíciles, que constantemente eran asediados por los encargados de hacer cumplir las leyes, y que por causa de esas mismas leyes, impuestas por una sociedad descorazonada, fueron siendo marginados, y con la marginación llegó el delito y todas clases de bajezas a la que puede llegar el hombre por tratar de subsistir y/o mantener a los suyos. A veces nos pasábamos las tardes tomando mates y charlando en ronda, entre los más cercanos, siempre rodeados por un coro abrumador de chicos descalzos, con la ropa llena de parches, la cara sucia y los mocos colgando, y su infaltable tocado de piojos y liendres adornando sus cabellos.
Con el alma contemplaba aquellos cuadros diarios, y como siempre, reflexionaba en qué les depararía el destino para esos chicos, que podrían hacer de su vida y con su futuro si solo han aprendido a ser marginados por una sociedad cruel, y supongo yo, que esto incurrirá en la herencia del delito como forma de vida, y así se sucederán las generaciones.
Y… siempre habrá un chico en la calle pidiendo un pedazo de pan mientras su padre está en la cárcel por robar y su madre durmiendo, porque estuvo “trabajando” toda la noche para traerles, o al menos tratar de acercarles, la felicidad material.
Jacinto, en cambio, al igual que su madre, fue arrojado a ese lugar y a esa situación por el artilugio del destino, nunca fue malo, y era él con quien más conversaba yo, mientras permanecía en esa prisión de miseria.
Me contó que se estaba entrenando para ser “cana”, pero mientras tanto, cuando empiece a hacer más frio, tiene que salir con su “mama” a vender maní tostado en un carrito que le presta un amigo de su “tata”. En cuanto a su progenitor, se sabe que salió una mañana en tren hacia el Chaco a buscar trabajo y nunca más volvió; como era muy cazador, se cree que se lo llevó la Pachamama…
Al cabo de unas semanas me alejé de ese lugar, puesto que había encontrado residencia en otro sitio de la ciudad. Pensé que nunca más vería a Jacinto; pero… grande fue mi sorpresa al encontrarlo una mañana, mientras yo realizaba trámites burocráticos para conseguir empleo, parado en medio de una de las intersecciones más concurridas de la ciudad, con gorra y silbato de policía de tránsito, dirigiendo el tráfico a las nueve de la mañana.
Como si fuera un erudito en el tema, ordenaba cual vehículo debía pasar y cual no, sonriendo a todos y provocando campanarios con su risa grotesca.
Mirá vos, pensé, Jacinto “cana de tránsito”, no fue difícil darse cuenta de que esta era un de las tantas travesuras que hacía, por el solo beneficio de divertirse en sus tareas ocasionales.
Como en esa ocasión en que lo encontré vendiendo diarios en una esquina, con toda la compasión del mundo, basado esto en el hecho de que nunca compraba el diario, esa mañana decidí hacerlo, para darle una mano, como quien dice. Me senté en el banco de siempre, en la plaza de siempre, como todos los domingos y abrí el periódico para saber que ocurría en el país y en el mundo, “El domingo asume el presidente electo Raúl Alfonsín”, decía la noticia de tapa…
-¡Epa! –pensé- Alfonsín asumió en el ‘83 y estamos en el ’91, este hijo de p… me metió el perro.
A Uds. les resultará cómico, pero es verdad lo que les cuento, el “opa” del pueblo andaba por la calle vendiendo diarios viejos, quién sabe cuántos habrán sido víctimas de esa travesura, entre los que me cuento, y cuántos se habrán querido morir al leer titulares como “Argentina le declara la guerra a Inglaterra, el ejército nacional se prepara para invadir las Islas Malvinas”, en ese momento pensé que quizás alguno se ilusionó con un campeonato de Boca Junior, o tal vez se emocionó al ver en la parte de espectáculos una foto de la “Coca” Sarli.
Pero no quedaba en esto las increíbles andanzas de Jacinto, como en esa oportunidad, que llegó a mis oídos un tiempo después, en que un ocasional peatón lo salvó de ir preso. Paso a comentarles lo que sucedió: Jacinto deambulaba como siempre por la avenida principal, para delicia de chicos y grandes, en ese momento, imitando a un policía uniformado que caminaba uno pasos adelante. Se acercó muy discretamente y lanzó un tremendo grito y la frase:
-Todos los canas son carneros!!!
El policía sorprendido, se dio vuelta, y tomando aquello como una falta total de respeto a su autoridad le dijo:
-¿Qué le pasa?, es una falta de respeto lo que acaba de hacer –y mientras intentaba reducir a Jacinto decía en voz alta- me va a tener que acompañar a la comisaría.
-¿Qué UD. no conoce?, ve’ eso e’ cana y no conoce la comisaría, ¿o acaso tiene miedo dir solo?, ve’ eso tan grandote y tiene miedo, y si tiene miedo ¿pa’ qué tiene el revólver?
Un transeúnte al ver la escena y salvando al policía del ridículo total intervino y le explicó al agente que se trataba de Jacinto, el “opa” del pueblo y que siempre hacía travesuras como esas.
Luego de cierto tiempo, y cuando terminé de acomodar mi situación económica, me mudé a otro sitio de la ciudad, esta vez casa propia, conseguí un mejor empleo, logré comprar un automóvil, me casé y me dediqué de lleno al cuidado de mi trabajo y de mi flamante familia que comenzaba a crecer por partida doble en el vientre de mi esposa. Razones estas para no ver solo de vez en cuando a Jacinto cuando pasaba por frente de la oficina en la cual yo desempeñaba mis tareas. Él siempre con su amplia sonrisa, haciendo travesuras, curioseando todo, escudriñando cada rincón con sus carcajadas de bufón de corte.
Cierta vez, en que debía realizar un viaje, lo volví a encontrar, disfrazado de jefe, con saco, corbata y portafolios, en la nueva terminal, Él pasó a mi lado, pareció no verme, o mejor dicho no reconocerme, de repente se le iluminó la cara, como en aquella noche en que sitiaba mi castillo, y me dijo:
-Ché!!! –al tiempo que estiraba su mano en actitud de saludo
Yo extendí la mía, y a la voz de ¡osooooo! se la llevó a la cabeza, dejando ver sus dientes perfectos brillar en medio de una gran sonrisa. Me dio la espalda y haciendo señas no sé a quién se fue diciendo:
-Hé! que hacé’ ahí, que no sabé’ quien e’ el jefe acá! y vo’ deja de hacé’ sebo y empezá a laburar…
Desde entonces lo veo siempre en la terminal trabajando de jefe, nunca más supe de su madre, es más no tengo conocimiento alguno de si está viva todavía, nunca más volví a ver ese viejo carro tirado por un caballo famélico, con que recorría las calles, bien caía la noche, haciendo sonar el silbato que anunciaba la llegada del “manisero”.
Me pregunto ahora, cuántos Jacintos habrá en cualquier parte, cuántos como él, viven marginados por una sociedad que sumergida en la ignorancia, aún guarda recelo por las personas “diferentes”.
Por suerte hay otros que se atreven a abrir los ojos en el momento justo, les dan la mano a los Jacintos del mundo, y, como un amigo que tengo, le escribe hasta una canción que lo nombra.
Ojalá que nunca se mueran las buenas intenciones y que nunca se cierren los corazones. Que siempre haya un Jacinto en la memoria de todos. Ese Jacinto de las travesuras de niño, del campanario de su risa, de sus ojos inquietos y su pelo de puercoespín.
Ojalá que nunca se mueran las buenas intenciones y que nunca se cierren los corazones. Que siempre haya alguien dispuesto a ayudar a los otros y que se emocione al enterarse de que Jacinto aún vive y deambula por las playas de los recuerdos y los andenes de las niñerías.

Nadie es Turista en su Tierra

Preámbulo
Salí a deambular por los senderos de esta nueva selva. Como todas las que conocí, esta no tenía nada nuevo que ofrecer. Aburrida, llena de fieras salvajes dispuestas a devorarte a la vuelta de cualquier esquina. Los mismos mandriles ofreciendo sus mercancías en los claros cerca de las acequias o los lagos que se forman con la lluvia, las mismas comadrejas metiéndose, escurridizas, en las galerías de las grandes madrigueras de varios pisos, que impiden la llegada del sol hasta el suelo.
Mezclado entre la merca ambulante, el humo de los choripanes de la plaza, las flores artificiales de los canteros y el agua sucia que formaba lluvia sobre el lago… yo simplemente deambulaba. Mirando aquí y allá las cosas de siempre, pero desde otro punto de vista.
Me llamó la atención un rebaño detenido frente a un gran tótem antiguo, me perdí entre esa multitud de pasivos brontosaurios aunque no podría descifrar bien en que lenguaje brantosauriótico hablaban. Eran raros estos bichos, porque con sus pequeñas cámaras hacían tomas de las plantas, de los perros vagabundos, y hasta del barrendero, que a pesar de su trabajo sucio, ponía su mejor perfil y luego extendía la mano esperando su recompensa, que no se hacía esperar, puesto que todos los que lo retrataban luego le daban unas monedas.
La historia era un poco aburrida, sacaban fotografías y parloteaban entre ellos, se reían y hablaban por celulares importados.
Comenzó una lenta procesión alrededor del tótem y como yo no tenía que hacer me uní a ellos en su peregrinar sereno. Puse cara de turista y mezclando lo básico de mi inglés, lo básico de mi portugués y algo del castellano que hablo, logré pasar desapercibido.
Por fin algo que estaba haciendo me salía bien, por fin… alguno de mis tantos emprendimientos tenía éxito, después de un cuarto de hora, y viendo lo fácil que era, decidí ser turista el resto de mi vida. Ese era el empleo que siempre ansié tener, se pregunta un par de cosas en un idioma raro, uno pone cara de sorprendido, saca una fotografía y lo mejor de todo, parece que pagan bien por trabajar de turista, puesto que estos que conocí tenían sus billeteras repletas de papeles con tinta de varios países.
Dí en la tecla, pensaba por mis adentros, turista preguntón, que buen trabajo.
Hasta acá venía todo bien, hasta que apareció Carlos, al verme me saludó a los gritos, se cruzó la calle, me abrazó y me dio un beso en la mejilla derecha… sentí que Judas lo poseía… Mi mejor amigo me estaba traicionado, lo único que faltaba era que me pregunte: -seré yo maestro?
Todos en aquel rebaño de turistas me miraron con cara de asombrados, desconcertados, inmediatamente uno de ellos me sacó la corona de macho dominante, se fueron mis honores de turista eximio, alguien pidió su cámara fotográfica y tuve que devolverla, acto seguido, el guía me echó a las patadas…
Mi amigo, que no entendía nada de aquella situación, se fue y me quedé sentado, sólo, como siempre, frente al tótem, reflexionado sobre mi pasada vida de turista.
Nunca me desaminé, tengo el tesón del clavo enmohecido, dijera Almafuerte, que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo… Esa experiencia me sirvió para darme cuenta de que para trabajar de turista debo ir a otra ciudad, donde nadie me conozca, y en cuanto haga un amigo en esa ciudad, ir a otra, y así sucesivamente.
En una palabra: “Nadie es turista en su propia tierra”
Así comienza mi viaje por los caminos de la vida, las que les voy a relatar a continuación, son solo las más llamativas de mis aventuras de turista, en un viaje que duró ochenta página mientras recorría el país de la libertad de mis sueños…

Capítulo I
Me puse los zapatos de Roberto, uno de esos locos lindos que conocí en el banco de una plaza, una tarde de otoño perverso, que me dejo por legado sus huellas peregrinas y esa sensación de no haber llegado nunca a ninguna parte.
Encontré entre los recuerdos materiales que guardo de las personas y lugares que conocí, un gorro andino, que usara el incansable Aníbal en Tarija, en una ocasión en que viajamos juntos a un encuentro de artistas, entre los cuáles fui incluido a pesar de mi negación, puesto que estaba pasando una etapa poco bíblica en mi vida, pero que sirvió para despejar la mente y olvidar ese trance posterior a la separación y consecuente alejamiento de mi hijo.
La maleta de viaje de mi abuelo, fue un pretexto para llevar cerca a los seres queridos. Mi abuelo fue de esos locos amantes de los trenes, por lo tanto un viajero con todas las de la ley, enamorado del arte del buen comer y de las mujeres, sin importar raza, color, religión, estatura, nacionalidad ni idioma, el amaba a todas, y a causa de eso le causó miles de dolores de cabeza a mi abuela que paciente esperaba que se le termine el “alegramiento” con la “otra” de turno y volviera al hogar.
Un sobretodo, que encontré una vez, olvidado por alguien, algún viajero supongo, por el hecho de estar abandonado a la buena de Dios en el andén de un olvidada estación de trenes, no recuerdo bien la fecha y el lugar, lo que sí recuerdo es que ese lugar queda cerca de donde vivo.
Reloj de bolsillo, lentes oscuros, una cajetilla de cigarros importados, un encendedor a bencina, un puñado de tierra del patio de mi casa en una botella de gaseosa vacía, piedrecillas de todos los colores en los bolsillo de la maleta, una semilla de jacarandá, una hoja de tusca, y una grabación casera de mis amigos despidiéndome, formaban parte de mi equipaje, y seguramente serían un aliciente para cuando comenzara a extrañar mis cerros, mi río, mis paisajes, mi gente…
Así comencé mi aventura, cargado de sueños, cargado de audacia, dispuesto a ser turista en otras tierras. Documento en la billetera, la carta de renuncia al trabajo, que nunca envié, y un puñado de billetes y monedas que recolectaran mis amigos cuando se enteraron del comienzo de mi aventura.
Me embarqué en un pequeño chinchorro, con la intención de cruzar “el charco” hasta la orilla de Uruguay.
No cargué víveres, puesto que es una travesía, que a fuerza de remos y sin esfuerzo, su puede concretar en menos de diez horas, siempre rogando que el “Plata” no viniera crecido.
Elegí una noche de verano para partir. Llegue hasta el gran río y me hice al agua sin ningún preámbulo. Eran los comienzos de enero, un par de días después de la llegada del año nuevo. La intención era aparecer en la orilla uruguaya con las primeras luces del día de Reyes. Entonces los “yoruguas” me tomarían como un regalo de cielo, y me acogerían como a un enviado…
Al otro lado del río, se veían las luces de una ciudad convulsionada por las fiestas, recientemente pasadas. La noche estaba serena, las estrellas ardían en el espacio azul infinito que me servían de techumbre. Como en todo enero, hacía calor, un calor infernal...
Uno que otros paseaban despreocupados por la rivera, refugio de soñadores, bohemios y enamorados de la noche. Esta no podía ser la excepción. La luna mostraba todo su esplendor, casi se dejaba tocar, bajo su luz pálida, danzaban los mosquitos inquietos, que aprovechando la quietud, daban riendas sueltas a sus danzas amatorias, o se arremolinaban sobre algún supermercado de leucocitos a tratar de proveerse del alimento cotidiano.
En medio de esa danza macabra de sexo y sangre, yo remaba tranquilo, casi con descuido.
Atrás quedaba una parte importante de mi vida.
El viaje había comenzado una semana antes, en mi apacible ciudad de aguaceros, con su clima subtropical, los cerros de siempre con su eterno verde, el centro de cuatro manzanas, la estación de trenes siempre olvidada, la ruta que apunta en dos direcciones y no lleva a ninguna parte, la gente del hola y la sonrisa cordial.
Dejé atrás la despensa de “Tito”, con mi deuda de pesos y centavos, con las chismosas de siempre, el recolector de basura que indefectiblemente pasa a las nueve de la mañana tres veces a la semana. El vecino de al lado con sus tangos y milongas sentimentales a la madrugada mientras riega la vereda, Silvina, la chica de enfrente con su eterna calza gris y su remera verde manzana.
Recuerdo bien que esa noche llegué a la terminal de ómnibus, saqué el boleto a mis sueños y me senté a esperar. Nadie vino a despedirme.
A la hora indicada llegó el microbús, le dije adiós con la mano a mi nostalgia y emprendí el viaje. Proyectaron una película con Silvester Stallone, a la que nunca le presté atención, estaba más preocupado por mi futuro inmediato y en tratar de borrar mi pasado imperfecto sin sobresaltos. Dieciocho horas después me sorprendía la Capital con su vértigo incansable, sus luces de neón y las mujeres de alquiler que paseaban en una esquina.
Recordé que no muy lejos de allí vivía un primo y lo sorprendí a la hora de la cena. Lo encontré embobado frente al televisor, su mujer con la boca abierta y la baba muerta colgando desde la comisura de sus labios trataba de no pestañar para no perderse ni un segundo del baile fatal de la “Tota Santillán”. Dormí en un sillón del living y al despertar ayudé con los preparativos del año nuevo.
Fue por la tarde, en el supermercado, que me di cuenta que Jacqueline, nombre de la esposa de mi primo, tenía vida propia, al entrar se transformó en una verdadera fiera, un auténtico velociraptors en acción. En menos que canta un gallo se procuró de todo lo necesario atiborrando con productos de distintas marcas y colores un carrito de compras, y a fuerza de empujones y forcejeos, más su condición de embarazada, le cedieron lugar en la cola de la caja y salimos escupidos de la boca de un leviatán inmenso, acostumbrado a la merca y al florecimiento del capitalismo crónico de las grandes ciudades.
Caminamos veinte cuadras, subimos la departamento, y nuevamente perdió la vida, su cara retorno a sus espasmos de fósil, la baba volvió a la comisura de sus labios y su mirada se perdió nuevamente en la lejanía de la caja boba que la saludaba complaciente.
Esa noche pudimos conversar, siempre con el televisor encendido, donde contaban los segundos faltantes para la llegada del año nuevo.
A la hora señalada, las sonrisas, los besos, los abrazos, los brindis, los petardos. Ella rompió en llanto...
Le hubiera gustado estar en Mendoza con su familia y no en su caja de ratones de Capital Federal. Se quedaron porque Jorge no sacó los permisos a tiempo y no podía faltar al trabajo. El consuelo no se hizo esperar... mi primo anunció que tenía vacaciones después del seis de enero.
Tenía los pasajes comprados y pedido un préstamo, para no gastar del sueldo. La verdad, sentí envidia por un instante. Pensar que yo llegué a la Capital gracias a una colecta que realizaron mis amigos...

Cuanta Cuentos Cortos

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El Gorrión dela Plaza (para mi amigo Pipa Guaymás)
El sol dejaba ya de calcinar las plantas de los zapatos. El barullo de la gente se hacía notar cada vez con más insistencia.Un hombre vestido de blanco ofrecía los últimos retazos del paraíso. Bien podría ser un ángel, pero no, su paraíso era solamente el placer de acercar un puñado de frío a los labios, que de antemano ansiaban esa avalancha de crema de mil sabores.El reloj parecía detenerse, por un instante dudé de la existencia de todo aquello, pensé que ese cuadro dantesco del anochecer en una gran ciudad no sería nada mas que una postal perdida en el tiempo. Una postal que mezclaba lo irreal con lo tangible, con lo cotidiano, no lo sé, nunca lo sabré.La ciudad conmovía el alma del viajero, que absorto observaba la majestuosidad de una época pasada.La verdad es que no importaba nada más…Me llamó la atención la voz, una voz…Esa voz suave, casi como un susurro, esa voz que me extrajo del mundo de mis cavilaciones, entonces me di cuenta de que el asfalto me estaba tragando, que mis rodillas se hundían entre los adoquines.Busqué de donde provenía esa voz, y me encontré con un gorrión, una amplia sonrisa trepada a una cara curtida por el sol, esos ojos asumiendo una actitud de plegaria, más bien diría yo, ese rostro completo tomando una actitud de plegaria, o mejor dicho; ese mohín gastado que usamos todos cuando pedimos perdón.Su espacio sideral se limitaba a unas cuantas baldosas, eso era suficiente para toda su existencia, flotaba sobre los recuadros de la rayuela de la vereda, a su alrededor emergían oleadas de lenguas extrañas, de ojos inflamados, de caras sorprendidas, de cabelleras rubias… ese lugar parecía una sucursal de Münich, Estrasburgo, Madrid o Nueva York…Con su pantalón oscuro y su camisa celeste, sostenía en sus manos un almanaque con la estampa de la virgen del cerro. Sus palabras resonaron en toda la plaza, a pesar de sonar como un susurro, calculo que su frase se repitió toda la mañana, toda la tarde, toda la semana…Su discurso era breve pero totalmente contundente: ¿un almanaque? Es de la virgen del cerro, del 2008…Me quedé mirándolo sin decir palabra… repté a un costado para no molestar ni interferir con su monólogo repetido tantas veces. Me alejé tanto que al darme cuenta estaba ya sentado en un banco de la plaza. Esa fue la mejor ubicación que pude tener para observar ese cuadro: a su alrededor el paisaje urbano le daba un toque de misticismo a la situación, mezclando, casi caprichosamente, los dos grandes poderes del mundo, la arquitectura colonial de uno de los mayores centros de fe del norte de mi patria, arma poderosa en manos de poderosos e inteligentes monos conquistadores de otras épocas, y la mole de cemento, a forma de caja prismática, abovedada que guardaba el secreto que muchos ansiamos, bajo siete laves el triple seis del hombre sellaba las billeteras de muchos. Es así como a su derecha, casi por voluntad propia se erigía la gran catedral y a su izquierda la sucursal de un banco, me imaginé la constante lucha entre ambos por dominar el mundo, ¿cómo se repartirán las sobras cuando acabe todo este cuento? nadie lo sabrá.La verdad es que tocando la frente de dios y acariciando la mano del diablo estaba el gorrión de la plaza, adulterando la fe, colocando entre sus estampas de santos y santas una imagen de Mao, Lenin o del Che.Justo en medio de ese cuadro, puesto a modo de broma sarcástica el gorrión veneraba los dos poderes, dando a dios lo que es del césar y al césar lo que es de dios.Mis pensamientos volaron a otra dimensión y traté de calcular cuántas veces diría buen día o buenas tardes, cuantas veces mercará con la imagen de los santos, y si todo esto se repite todos los días, y todos los meses, y todos los años…Me imaginé cuánta gente conocerá, señoritas, señoras y caballeros de todas las edades que pasan frente a sus ojos, a veces casi sin tenerlo en cuenta, cuánto sabrá de todos los que trabajan cerca del lugar de su residencia ocasional en la calle.Casi sin darme cuenta, estaba parado nuevamente a su lado, con la infame intención de robarle sus secretos, tratando de disfrazarme de uno de sus discípulos, la conversación se volvió mariposa de la noche recién llegada, el trino de los pájaros se convirtió en canciones sonando a todo volumen en las confiterías cercanas, las luces aleatorias remplazaron al sol y sus fulgores tremendos, pero la tarde se resistía y la noche no se terminaba de apurar…Me contó de las cosas que vieron sus ojos, esos ojos instalados de cara al sol durante una década y un poco más, de la gente que viene todos los días y de la que deja de venir un tiempo y de los que no vienen nunca más, porque ya no están, porque sus plegarias son dichas directamente al oído de dios.Me habló de los chicos de la calle, me señaló con el dedo al mejor lustrabotas de la plaza, me contó de cómo vió doblar la esquina a un puñado de valores, que tomaron un colectivo y no regresaron más. De cómo la gente cambió en tan poco tiempo, de la cara de preocupación y el constante apuro del mundo de hoy. Su mirada se perdía, a veces, en la nebulosa del tiempo, el río de asfalto con sus obstáculos motorizados eran un escollo casi insalvables, pero no impidieron su intención de bautizarme con un baso de coca cola fresca.La gente comenzó a desertar de su osadía cotidiana y se arrimó lentamente a los palenques donde estacionan los gusanos multicolores que recorren las arterias de la manzana.La charla se tornó en silencio, el silencio se interrumpió de repente con su pedido:-¡Una campera, urgente necesito una campera! – saqué una de mi mochila de viaje, soy un eterno viajero, y vi cómo ésta se estrellaba contra el piso, tapando su mercancía – es por la poli sabés? siempre empiezan a joder a esta hora, lo que pasa es que a esta hora llegan todos los vendedores y la poli los corre. Yo me tapo así me quedo un rato más…El reloj me apuró, recordé la distancia que me separaba de mi guarida de esa noche así que emprendí la retirada, el neón y la luna volvieron invisible al sol sobre los techos altos.Cargué mi mochila al hombro, él comenzó a guardar en una caja sus estampitas de todos los santos.Me fui persiguiendo un gusano mientras mi cigarrillo emanaba un tenue humo azul que luchaba por mantener el equilibrio en el aire. Una canción en el reproductor de mp3 me sirvió para aislarme del mundo y perderme en silencio entre las almas vacías que inundan las calles, en una noche que comenzaba a agonizar y recién nacía...
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Náufrago
Un velamen cargado de sueños navega contra la corriente, van días y días sin noticias de ninguna parte, sin noticias de Dios. Pidiendo de rodillas sobre el viejo palo, que hace las veces de mástil mayor. Alzando al cielo las plegarias dormidas, deriva en sus sueños el náufrago.Asido a un trozo de vela viejo y roído, se mece en las aguas profundas del tiempo, que lo absorbe, lo traga, lo escupe, lo emana…El despertar siempre es vago, pero hoy lo es más, la cabeza parece una sandía partida en dos, el dolor se extiende por las planicies del cuerpo y hasta la última célula parece gemir de dolor. Los flashes del recuerdo lo acosan. Fue real la tormenta, pero cual fue primero…Orgullosa la nave empujaba las olas, arrojaba sal y espumas el mar, golpeaba las bordas de un lado y del otro sin poder voltear a tan altivo barco de rápido andar. Se sintió celoso de tanta gallardía el tirano Poseidón, y movió sus manos, es así como surgió la roca en medio de aquel mar…hasta aquí el relato es real y posible, ¿pero es auténtico?, ¿no lo habrá imaginado el náufrago en su cabeza desquiciada?, cómo saberlo si él es el único que estuvo allí.Lo cierto es que amaneció nublado aquel día, no recuerdo bien si fue abril o mayo, pero fue un día nublado al fin, en esa época del año todos los días son nublados por allá, lo cierto es que el náufrago se sentó sobre la arena que se extendía a su alrededor, mientras la espuma besaba sus pies, tan dulce, tan suavemente, que hacía olvidar que la noche anterior quería devorárselo. Se paró sobre sus pies y le dolió todo. El horizonte era basto, pero estaba todo gris. Caminó de norte a sur, de naciente a poniente, nadie había allí, estaba sólo, quién no quiso estar sólo alguna vez…El estaba sólo, en medio de la nada, en una isla desierta, sin palmeras, sin tribales, sin tortugas gigantescas, sin caníbales despiadados, sin piratas ni tesoros, está completamente sólo. ¡Quién no quiso alguna vez tener una isla propia!Esta isla estaba vacía en serio, ni un solo mosquito que moleste, sin un grillo y sin ratas, y para colmo, las únicas dos iguanas que la habitaban se pegaron al palo al verlo llegar.Cavó con sus manos entre la tierra y la roca, luego roca sobre roca, y así logró después de todo un día terminar el refugio donde pasaría la noche, por lo menos no tuvo tiempo de pensar. El nuevo día trajo sonidos del mar, se revolcó en la improvisada cama, sacudió la cabeza y se dispuso a dejar atrás el sueño, la pesadilla, el naufragio fue real o no lo fue, le latían las sienes, pensó, murmuró, cuando abrió los ojos se dio cuenta de que la realidad lo abofeteaba, sí estaba en esa isla, sí estaba sólo, sí había naufragado, sí a todo lo que se puedan imaginar… menos eso… La playa esta poblada de restos mudos de guanacos transportados a escondidas, de madera tallada por lo golpes de las olas, por baúles despojados de sus dueños por las manos insensibles de Neptuno. Y él estaba allí, él era el dueño de todo eso, de baúles, de maderas, de guanacos muertos, de muertos con cara de guanaco, de una isla sin grillos ni ratas, ni mosquitos, y dos iguanas que se fueron cuando lo vieron llegar.Lo que vio en tantas películas, lo que le dijeron los libros de aventuras quizás lo podrían ayudar, tomó madera, trozos de lona, cintas y sogas, y comenzó a trabajar, posó un día y otro más, y la balsa estaba lista, así fue como se hizo otra vez a la mar. Y otra vez la tormenta y ese infinito cuento de nunca acabar, es por eso que estaba de nuevo en la isla, en su isla, pero esta vez no estaba tan sólo, esta vez, él estaba con el.
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Auto Robado
Hay historias que nunca empiezan, otras que no tienen final, otras que no comienzan ni terminan. No se como comenzar a contar esta historia, siempre es difícil comenzar.Resulta que eran las catorce en cualquier lugar, resulta que era un día normal, resulta, que no hay tiempo exacto para descifrar la fecha del calendario, el mes, mucho menos el año.Resulta que adentro había sol, pero afuera estaba nublado, no hacía frió, eso si. No había nadie en la calle, ni aquí ni allá. El iba a cruzar cuando se detuvo de súbito, como alertado de algo… era un auto que tocaba bocina, un auto negro de tapizado rojo y detalles en blanco y níquel. Una voz conocida lo invitó a subir.Allí comenzó todo…-¿Y este coche?-Lo compré en un remate, una ganga, pero después me enteré que es afanado.-¿Compraste un auto afanado?-Sí, pero lo voy a devolver.-Disculpame… ¿vas a devolver un coche afanado que compraste en un remate por un precio que era una ganga?, Eso es una locura…-Si, es una locura, por eso te busque a vos para que me acompañaras, además si supieras de quién es el auto te vas a volver loco.-Si vos lo compraste, el auto es tuyo.-No, me refiero al dueño original del auto. ¿Sabés quién es?-Que se yo, no sé, ni idea… ¿de quién puede ser un auto afanado?, puede ser de cualquiera.-No…no es de cualquiera, es de ¡Lanata! del gordo ¡Lanata!, ¡el de la tele!-Para para para… ¿me estás diciendo que este es el auto que le afanaron al gordo Lanata la semana pasada en Córdoba?, no…disculpame…vos estás chapita y yo me bajo.-Pero no loco, además, ¿que más querés?, nos vamos a Córdoba a devolver un auto robado… ¿no que te gustaban las aventuras? ¡Giiiil!, ¿tenés miedo o qué?Así es que comienza todo, José siempre quiso conocer a Lanata, pero no le cabe la idea de lo que le cuenta Hugo, por otro lado:-¿que hace Hugo en un auto si no sabe manejar ni siquiera los autitos del video?La verdad es que yo que estoy contando la historia tampoco me lo explico… pero si esto no sucede, no tengo historia.No voy a contar los detalles del viaje, de las veces que eludieron los puestos de policía, las dos veces que pincharon, de la vez que José tuvo que caminar doce kilómetros con un bidoncito porque se quedaron sin nafta, de la otra oportunidad en que Hugo le pagó a un tránsito en Santiago del Estero para que no pida informes del auto. No voy a contar esto ni ninguna de esas cosas que suele pasarle a uno cuando se dirige a una ciudad totalmente desconocida, para el colmo, a bordo de un auto robado, que como si esto fuera poco, lo buscan en todo el país porque le pertenece a una celebridad, y es uno de los pocos modelos que existen en el planeta, y para rematar, se piensa devolverlo… Pero… en fin, ahí estaban los dos, a plena luz del día, en medio del autopista de Córdoba, a ciento diez, y… con dos patrullas siguiéndolos.
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La Hora Exacta
Sucedió como suceden las cosas, en un momento dado de la vida, quizás signado por el acaso, quizás signado por la más natural de las leyes, a él le llegó el momento de partir.Meditabundo comenzó a juntar sus cosas, las pocas que tenía, y a guardarlas en su pequeña valija. En un viejo cajón, improvisado baúl de viaje, apiló sus libros, sus fotos, sus papeles, y comenzó a soñar. Primero, saltaría por la ventana… para darle un poco de emoción. Luego caminaría por las sombras, entre medio de los árboles, no vaya a ser cosa que algún vecino-nunca faltan los curiosos- pensó mientras lanzaba una bocanada de humo. Una vez en la vereda… a correr como un desaforado, como quién no tiene sosiego en su alma, como un poseído, como un arlequín, que se yo, correr, sólo correr…Transcurrió en soledad y con inusitada rapidez toda aquella jornada hasta que por fin llegó la hora exacta… hora de partir, partir hacia quien sabe donde, partir hacia algún lugar remoto… pero aquí cerca no más. A las seis de la mañana partiría.Sin embargo la cosa no era tan fácil, tenía que buscar una razón para partir. Tenía que poner una excusa. Poner cara de turista no basta en estos casos. Se sentó en la cama. Ella dormía. Prendió un cigarrillo, de esos que no se acaban nunca, de esos cigarrillos que te ayudan a pensar, y terminó de planificar su viaje.Entonces se escuchó un detalle en la habitación contigua, los sollozos del niño lo hicieron volver a la realidad; recordó entonces que era ese ser el que lo mantenía unido a la vida, a la cotidianeidad de las cosas, que ese ser tan pequeño lo llenaba. Por un instante dudó...

Silencio de la Quebrada

Una mañana cualquiera, un día cualquiera, mis pasos me llevaron a un lugar de ensueño. Otro país dentro de mi patria.
Cardones antiquísimos, casas bajas, callejuelas de tierra, magia en cada esquina, cada rincón cargado de leyendas, de creencias y supersticiones, que a una persona contaminada con la “grasa de las capitales” le causan risa.
Yo, fui testigo de esa magia, de ese poder antiguo que emana del paisaje. Yo, me sentí pequeño en un mundo fantástico donde las hadas del cuento, eran cholitas venidas de los cerros y donde los príncipes arriaban vicuñas en la Quebrada.
Yo estuve allí, en el momento en que el hombre volvió a su estado natural, y se bañó en el río de la verdad perpetua de la santidad de una tierra mancillada por la prepotencia de los poderosos, que aún siguen conquistando, ahora no con cruces y con pólvora, pero sí con el dinero que todo lo puede.
La Cuesta de Lipán es un paseo turístico, el Pukara (tierra sagrada de los Kollas) es un jardín botánico a diez pesos por persona para entrar a ver como crecen, la flora autóctona, las llamas y las vicuñas que antes vagaban y se desarrollaban libremente en cada rincón del suelo nativo.
He visto los ojos del dueño absoluto de esta tierra y me contagié de su dolor, de su bronca, de sus ganas de ver florecer el esplendor perdido de su raza.
¡Señores! ¡La Quebrada es Patrimonio de la Humanidad!… pero el que la quiera conocer debe pagar para ver sus cerros, para sentir su aire fresco de montaña, para saciar su sed en las aguas del Huasamayo o del Grande. Debe pagar, para ver al indio en su estado casi salvaje, porque a todos beneficia la Quebrada menos a sus dueños de siempre, es por eso que el aborigen vive como hace más de quinientos años, y los venidos del las urbes del mundo no comprenden como una persona sobrevive en un estado tan deplorable...
Pretendo rescatar con palabras sencillas, a modo de ilustración, de qué se trata la magia de estar en el lugar donde me encuentro y contarle al mundo que el paraíso existe en el norte de la Argentina, y como dijera Argentino Luna: “si viera que lindo mi país paisano, si Ud. lo viera como yo lo vi…


El Paisaje

Agreste textura…
Con dedos rebosantes
de misterios inmemoriales.
Alzando los ojos al azul perfecto,
usando la voz de los rebaños,
la tierra adora a la tierra,
se baña de sol,
reposa en las alas del viento
y trepa los huesos de la raza ancestral
que la domina


La Quebrada

Capricho de la Madre,
con ojos profundos
y perfume a distancia,
serena,
la tierra te observa.
Lleva en su seno
el color nativo,
el ruido de la caja,
el lamento de la quena,
la espina del cardón
que atraviesa el corazón
de un pueblo destrozado
por quinientos años de barbarie


El Centinela

Silencioso...
Detenido en el tiempo.
Ocupando el lugar preciso.
Oteando horizontes.
Alzando sus brazos al cielo.
Inmutable…
el centinela espera….


El Ser

Rostro tallado en la roca,
ojos distantes,
sonrisa escondida
en las quebradas salpicadas
por la agresividad
de una paleta opaca.
Hojas de pura verdad,
boca llena de sueños,
labios pacientes
que no saben mentir.
altivo monarca de las alturas,
corporización del dios.
Dueño de un pasado
con futuro incierto.
Perdurable ser…


La Quena

Se queja a los lejos
una quena andariega.
Dejando escapar en su voz
las añoranzas de Enero.
Sentada en una pirca
duerme su sueño de Febrero.
Monta el aire
tu son lastimero
y contagia tristeza
a propios y ajenos.


La Caja

Retumba en los valles,
canta en las quebradas.
Su retumbo
lleva la bronca,
el bronce de la montaña
que la acunó en su ser.
Compañía del camino
en noches de luna.
Palpita el corazón
de la tierra ancestral
en tu ritmo monótono.
Anunciación del eclipse.
Llamador de Coquena.
Ya te alistas para el carnaval…


La Cholita

Renegridas trenzas
cayendo en cascada brillante
sobre hombros tatuados
por el sol y el trabajo.
Ojos de montaña serena,
selva en los labios inexplorados.
Se recorta en el horizonte
tu figura dormida,
aletargando mis deseos,
mientras el atardecer
acaricia lento mi sombra
que bosteza de soledad


Andariegos

Dónde andarás, andariego…
burlando al destino
en las noches de Febrero…
El duende del carnaval
te acunó en su seno
y volverás a principios de otoño
a encender la luz de la espera,
sufriendo en el pecho
los recuerdos del último entierro.


Tilcara

La voz de Tomás,
la poesía de Angélica,
la música de Ricardo,
las manos de Claudio,
la magia de Germán,
los ojos de Verónica,
te dieron la esencia
que encendió mis sueños.

¡Qué triste dejarte!

Volver la vista atrás
y verte decir adiós con la mano.

Viaje en Tren

El Tren

Frenético devora distancias,
su melena de vapor se hunde
en el espacio sideral de su carrera
y queda suspendida en un tiempo remoto y añorable.
¡Cuántas fantasías de carbón y silbato!
¡Cuántos sueños de ciudades
ocultas tras las montañas!
Frenético devora distancias
en un hiperbólico paralelismo
tan real como su extinción.



El Paso del Tren

Los niños,
movidos por la ilusión primera,
alzan sus manos al viento,
agitándolas presurosos…
La serpenteante figura
avanza ante sus ojos,
marca su presencia
y se desvanece en su marcha…



Viaje en Tren

Tarde de verano en la vereda
sortilegios esperando en el andén.
la campana que anuncia con su regocijo acostumbrado
la hora señalada.
el remolino invade las paredes
y los abrazos se confunden con el llanto.
pronto el paisaje de mis cerros
invadirá las ventanillas
y el monótono compás del viaje
abrirá las escotilla de los sueños.



Tren en Marcha

Trueno que atraviesa llanuras,
campos bordados por la fuerza
del acero constructor
de progreso y pobreza.
Castigando al viento
con prepotencia inverosímil,
avanza,
serpiente multicromática,
que lleva en su vientre
vidas ajenas y riquezas de pocos.


Locomotora Diesel

Destino signado
por rieles y durmientes…
Lo demás,
es un sueño del pasado
detenido en los ejes de un carruaje…
¿Dónde quedaron las ilusiones
del hijo del foguista
cuando los árboles
comenzaron a escasear?
Pronto la noche
invadirá las veredas,
y…
en medio del campo
quedará una historia sin contar.



El Guarda

Con su máquina abominable,
el guardián,
designa quién sube y quién se baja…
Pulcra camisa
de botones dorados.
Su cara de roca
no esboza movimiento.
La línea se abre al horizonte,
la marcha inicia lenta…
Él sonríe satisfecho…
por lo menos,
el único polizón a bordo
está vestido de guarda…



Primera Clase

Adormilado…
interminables vueltas
de un triste traqueteo…
y el sol,
clavando,
indiferente,
sus arpones a través de la camisa.
Hierve en sudor de hastío
la cuerina del asiento.
La bóveda movediza
que contiene mis vaivenes
devora las distancias
hundiéndose en el polvo
de mis ansias de llegar.




La Vieja Estación

El sol quedó estampado
en una pared desierta,
la historia
atrapó al acero bajo su sombra.
Adoquines austeros
pisoteados por la constancia de las maletas.
Durmientes girando
en el espiral desaparecedor del olvido.
La campana se comió su badajo,
su cuerda ennegrecida
al sentir el abandono de sus fieles idólatras.
No queda más que viento,
palabras descascaradas
y un sol de ocaso
en la punta de la nariz.



Cuatro Estaciones

A mi regreso,
las hojas secas se escondían del viento
internándose en los vagones abandonados.
¿Dónde está la primavera
de mi primer gran viaje?
Seguro…
clavada en la pared de las cosas
que nunca se repiten por completo…
A mi regreso…
la boletería vacía,
en su eterno bostezo,
me preguntaba por el mar.
Un cartel cubierto de invierno,
en una tarde cabizbaja de verano
me reprochaba
por qué tardé tanto en regresar.

Marcha desocupada

No Name

Era una tarde de promesas angustiosas
con plomo en los tobillos del tiempo…
el invierno despedía las ultimas ráfagas de su aliento
y el polvo de la sequia envolvía las gargantas cansadas de rutinaria apoteosis.
No se bien
pero en esa tarde
la adivinadora de la suerte
se tornaría en el centro de la cuestión…
de repente,
Saigón tragándose los eucaliptos de la plaza
y las sombras que deja el sol en su carrera,
bailando descompasadas con el viento,
remontando lento sus ladridos
un pequeño barrilete comienza a soñar con las alturas de un mundo
que no esta hecho a su medida




Pronto será Navidad

La vorágine de sombras se oculta tras los cerros.
El sol hace invisible al lucero del alba...
La luna se resiste a pasar inadvertida
y le pone su rúbrica a la mañana.
Como un espejismo llega una brisa
que refresca las barbas de un perro vagabundo.
La cinta del asfalto se extiende infinita.
Una comparsa de mosquitos indomables
tortura al obraje aún pasivo.
A lo lejos los misachicos se convulsionan...
Un pájaro agorero anuncia la asunción.
Rugen los motores impacientes...
las amas de casa en la gatera preparan sus armas de combate.
Pronto será navidad...
Dios y el Diablo
en el taller
se trepan a un camión.
Las venas de acero encienden el calor del hogar
que abre sus puertas bondadoso
al caos del marketing actual.
Los sueños moribundos se resignan.
El Diablo y Dios fumando en el baño,
el ángel que me cuida borracho en un baldío...




Catástrofe
(para mi amiga Mercedes)

Se están tambaleando las columnas.
El techo es un trozo de papel en blanco
amenazando desplomarse
sobre la cuna de mis sueños.
Vienen cortando cabezas...
Trato de seducir
con mi yugular
a los tiranos de siempre.
Sin arena en los bolsillos
no puedo luchar contra el verdugo.
Con los ojos nublados presiento a la miseria
que pretende golpear mi puerta.
Le increpo valor a mis piernas,
a mis manos,
a mi pecho...
Valor!!!
debemos soportar los ataques de pobreza...




Cataclismos y viceversa

Sensaciones de nostalgia
y retazos de colores esparcidos en el aire.
Un mendrugo,
un mendigo,
una esperanza disfrazada...
decaen las fronteras de este rancho,
las columnas,
los tirantes...
No hay plataforma submarina
que soporte la vergüenza...
Orangutanes t pingüinos
saborean nuestra sangre...
Los ácaros roñosos conrtan autopistas,
las águilas se relamen
mientras sus coyotes amaestrados
escarban la vizcachera...
debemos salir del hoyo,
inmolarnos a lo bonzo,
reventar la cordillera,
mostrarle a todo el mundo
nuestra cara de roca
y al conejo de la suerte
en una pica,
inflamado en llamas.




Por culpa de Nerón

Cobijado en el laurel,
con el escapulario entre los dedos,
serrucho postes de hielo
con el sinrazón de un vuelo nocturno.
Los adoquines devoran tempestades,
las guirnaldas autentifican
la pobreza de la masa incontrastable
de agujero en el piso
y somníferos ineficientes.
¿Quiéns e robó la primavra de los pueblos?
¿Qué gérmen hiperbólico
deshizo a machetazos gauchos
la unión de nuestras sangres?
caen las hojas dle laurel
y en mi patria cartonera
se coren las sagradas escrituras
porque no hay nada para hacer.





Ensoñación Lluviótica (bostezo de la realidad)

Danza de paraguas
en la interminable avenida.
¿de dónde provienen los sueños
cuando la lluvia lame las veredas
de las ciudades marchitas
por el humo y el orín?
Muchos sueñan contra vidrios empañados en el calor de sus hogares
dibujando tontos corazones deformados
en el fondo de sus almas ahuecadas por la soledad...
Otros...
Sueñan abundancia en la cosecha
con almacenes llenos de productos logrados
por la fuerza y la explotación
de los mismos muertos de hambre de siempre...
Otros...
viajes por el mar
hasta tierras olvidadas por el nunca jamás y sus comarcas
dividias en provincias
desoladas por la garra de la bestia antropoforme
que mastica las desgracias y las vomita
sobre el rostro de los pobres y oprimidos.

Yo...sueño con un techo
que me proteja del mal...

Reincidenia

Estas Ganas no se Van

Alguien me promete besos brujos
pero mi soledad sabe de distancias.
Ojos de nada absoluta
y pensamientos abstractos,
sin tratados preexistentes
ni mortajas blancas tejidas por cien años.
El caracol del tiempo prevalece
sobre los tumores de mis dientes.
Mis plumas reumáticas
se resisten a otro aterrizaje forsozo.
Cargo sobre los hombrospretenciones pobres
y manos indecisas.
Mis caricas prefieren no verte
y el eco del silencio me devuelve tus últimas palabras.
Antes de nacer éramos sólo tú y yo...
Mi coraje toma coraje...
Mis canciones repiten tus plegarias
en la memoria de un celular.
Por lo menos tengo más esperanzas
que una semilla suelta al viento.




Reincidencia (para la dama de ojos negros)

Hagamos alto en el camino...

No me jures nada...
La segunda vuelta se nos ríe por lo bajo.
Los atajos se acortan en la noche de este sueño prematuro.
La mañana tartamudea en los trinos repetidos de las alabanzas tibias.
Mentime despacio al oído.
Despeja mis penas pesadas.
De cara a la alfombra tiemblo para no soñar con vos...
Pero la noche se apresura y en mis mortajas de alcohol crecen tus ojos,
tus manos frías,
y el sabor de tus labios.
Imposible escapar,
los caminos cercados y el lazo de tus brazos en orbita amatoria...
No quiero creer en la realidad pero el sueño prevalece.
No resistiré más la tentasíon...
si me amas te amaré sin promesas ni palabras.




Labios de Judas en Babydoll

Los milagros se me ríen en la cara
sin disimular sus carcajadas estentóreas,
pago las propinas de este amor a contramano...
La cena está servida
con las sobras de la bianda del olvido.
El invierno tartamudea ansioso
esparciendo manos heladas y narices sin razón.
Tus labios,
aparte de dulces,
fueron un arpón entre las muelas de mi alma
clavado en el vórtice intermo de mis arteias.
Dibujando con lágrimas las costras cicatrizantes de un olvido mal parido.
Dónde dormiré esta noche
si el gallo ya cantó sus tres veces designadas.
La esquina de tu ausencia
sirve copas amargas para el brindis.
Al despertar...
comenzará el suplicio del calvario...
me besarás prepotente,
ocultando en tu sonrisa
el festín insolente
de la danza macabra de tus mentiras piadosas.




Somniferos

Veo tus ojos negros
profundos,
gritando por libertad.
Afuera,
un mar encrespado
crece a carcajadas y se deshace contra el piso,
conta las casas,
los autos,
los paraguas...
¡Libertad!
gritan tus manos,
tus besos,
tus pechos...
es hora de decidir...
por las dudas
preparo dos almohadas
para una noche larga...



Fantasía

Vi volar tus besos...
el vino festejaba la alegría
del amor compartido por las copas arremolinadas
en el deseo
y el adiós.
Nunca olvidaré
el instante
del amor y sus quimeras.




Tres Estrofas de Amor para Mientras Tanto

Tiembla una luz indecisa.
Mi alma deambula entre sombras.
No encuentro sentido a la lluvia
desde que vi tus ojos grises.
Mis deseos están atados
a los besos que he dado a otras bocas.

Alzaré sobre mi frente tu diadema,
cargará sobre mis hombros tus antojos,
cubriré con mis besos tu silencio,
encenderé antorchas en tu sendero,
porque tengo fuerzas para amarte.

Sueño
una mañana con flores frescas,
un sonrisa tierna al despertar,
un mar,
golondrinas,
una casa,
tus manos,
la vida,
tu canción…




Sonrisa de Amor Tibio y Ganas de un Llanto Contenido

Por un momento imaginé tu mano húmeda sobre la mía
y los artilugios de los ángeles danzando en rondas
alrededor de nuestras almas.
Por un instante,
imaginé tu nombre,
tallado por tus besos...
sobre mi pecho.
Tus ojos transparentando las palabras que no te animas a decir.
Mi piel rugosa de selva enmarañada suaviza sus bordes calcáreos
con la esperanza del roce de tus huellas dactilares.
Sonríes,
triste,
me miras,
sin pensar que mi alma se convulsiona por el deseo de un beso simple de primavera…
lo de máses llanto contenido al costado de un camino largo.




Si No Existieran las Margaritas

La noche desangra ilusiones,
mientras las pitonisas esconden sus sueños debajo de la cama.
Mi ojo cronopio examina los rincones de tus costillas de nubes.
El sol se acuesta temprano
por temor al suicidio.
Junto retazos de tu sonrisa para armar una bandera con tu nombre,
enarbolada por las calles inmundas.
Mi lengua lisiada se traga las palabras que me ahogan,
y mis labios,
mis labios son abstemios de besos con perfume a rouge,
aventureros y desquiciados…
El nudo estomacal me obliga a desear tus caricias.
La culpa la tiene el otoño que con nostalgias frías
cubre de ocre mis recuerdos.




Sin Preámbulos
He sentido tu latir inquieto,
el aleteo de tus alas,
los suspiros de tu alma.
Mis veranos vacíos y mis pasos cansados se detuvieron en el altar de tus brazos.
Un instante…
la felicidad puede ser eterna tan solo con un beso,
con una sonrisa,
y ojos brillando con la chispa de la aventura.




Naturaleza Sangre

Aún no usé mis milagros de hoy…
Tu dios no me quiere en su eternidad.
Ojos verdes perdidos,
oscuridad pletórica de soledades obtusas
y saludos dormidos en sábanas abandonadas.
Camino errante siguiendo tus huellas que se funden
con la rugosa superficie de los volcanes extinguidos que molestan a tu ombligo
con cólicos de recuerdos amargos.
Qué daría por tu sonrisa una mañana de estas.
Qué daría por ver cabalgar esas nubes incansables hacia tus montañas inaccesibles.
Pero soy mortal y las batallas me cansan rápido.
Sin embargo…
guardo esperanzas de que se te caiga un beso del bolsillo de la tristeza.
Mientras tanto,
devoro demoras de trenes viejos
y hartazgos prolongados por la esfera celestial.




Valor para los Después

Tarde lenta de otoño gris.
Los recuerdos se pasean en pijamas.
Sobre las mesasse esparcen las cenas olvidadas
mi última noche con vos.
El vapor de tu sonrisa
estampado en la luna,
y botellas que duelen
más que el filo de una navaja.
Canciones crepusculares
de bandoneones abstractos...
No sé que haré con vos
cuando se acaben las plegarias...




Cruz Diablo

Se alza la distancia infinita
y los cerros se tropiezan con el valle de los sueños.
Y justo en el vértice de la nariz del mundo,
es donde empiezo a quererte.
Donde nacen a cada rato
los suspiros del alma.
Justo ahí es donde estoy…
a punto de caer en la tentación,
y tus labios se enredan con las matas del destino.
Y tus ojos cierran las persianas
dejando a oscuras mis días.
Y tu voz se mete en mi cabeza
alzando las mareas de mis neuronas.
Es ahí donde empiezo a quererte.
Buscando tu calidez,
mientras afuera la lluvia cae
y se transforma en hielo la estocada
de las angustias pasadas.
En un laminado de plata
estampo tu sonrisa,
y le prendo velas a tu alma,
mientras el pasado se escapa por la vereda gritando cruz diablo.

Estrofas Patriarcales

El plasma protobiótico
se disparó desde mi ombligo,
y en la ovárica nebulosa
del tiempo inefable,
bajo el ardor del verano nuevo,
con la lluvia abundante de enero,
la semilla germinó
grácil, anhelante, ávida…
El arrullo del canto cunero
y las caricias de la tierra
me encerraron entre cuatro letras
que marcan mi nueva
condición frente al mundo.
El retoño joven con savia nueva
eleva sus brazos al sol.
En el círculo vicioso
de las hadas y los duendes,
alzo entre mis dedos
el título honorífico
y le grito al mundo
que ya fue habilitado
el carnet para ejercer paternidad.
Quien tiene la patria potestad
sobre esta raza de serpientes
declara a mi favor
en el juicio de las lenguas.
Mientras la voz del niño
que se expresa sin mentiras,
atraviesa las fronteras
de los muros y las cercas
que quisieron construir.
Y por más que quieran apagar el fuego
con chorros mezquinos,
la braza poderosa
nunca se extinguirá.

Don't Let me Down

La Fanfarria del Cabrío

Tarde avara con lluvia y mate lavado...
lánguida tarde de paisaje tardío
y recuerdos en una señal de tv.
La soledad reina en este lugar
repleto de tortugas desparramadas por la playa,
que torturan a mis ojos cansados de soñar...
Mis sueños son como el rayo...
El silencio reina...
solo las gotas de la lluvia
chapotean en los charcos preexistentes a la tempestad.
Sostengo en vano los buenos deseos.
Mis manos de rey mago se agotaron.
Mientras la cumbia villera
le gana la pulseada al destino,
una horda de gigantes y grotescos orangutanes
se viste de seda y muselina,
para el banquete donde se honra al príncipe
y su lacayo mal formado, mal vestido, mal comido.
Se alza codicioso el proyecto ancestral
y la vida se transforma en un útero adulterado.
El germen peligroso en las planillas de variantes
habla de un óvulo carnívoro y anhelante...
Habla de la falta de esperma del pecado rabioso.
La tarde sigue abandonada
al costado de un camino pedregoso y aburrido.
Cesó la lluvia, ¿o se cansó de rebotar contra el piso?
El Quijote se dio cuenta tarde que Dulcinea
es un travesti que baila en un club local.
Las tortugas son fósiles de hombres lentos
muy veloces a la hora de robar...


 



Ya no Rezo... Ni lo Haré

Sueño de alas, manos crispadas,
la noche se extiende sigilosa por la vereda.
Los pasos no llegan, las horas no pasan.
Tras las capas del asfalto crece el germen que destruye la zozobra de quien no duerme.
En la radio las canciones se suceden sin parar.
En las manos del hombre está su tierra, su eternidad.
Sueño de alas,
las paredes se marchitan,
las efigies,
las miradas,
caen al suelo,
se escapan por el hueco del bolsillo.
Con un dedo hurgo el cerebro de los orates poderosos,
las palabras se resisten... ya no rezo…
El círculo es una cárcel.
La cárcel son las rejas de pestañas que se entornan,
enaltecen lo soez…
Tras la capas del asfalto germina la torpeza,
cruel torpeza del que espera.
Ya no rezo… no lo haré.
Los héroes de la patria se me fueron de las manos.
Me rasco la espalda con el peine de tus dientes.
Los pasos no llegan,
ya no rezo… ni lo haré.